Recientemente, la plana mayor de la Corporación Chilena de la Madera, organización que agrupa a las principales forestales del país, fue a la Cancillería a denunciar la
supuesta competencia desleal de sus pares estadounidenses. Cual Quico implorándole a doña Florinda que desenfunde una vez más su legendaria cachetada sobre la cara de don Ramón, el gremio acusó a sus competidores de E.E.U.U. de recibir un subsidio equivalente al ¡50 por ciento! del precio de la tonelada de celulosa.
La respuesta de Cancillería fue similar a la que suelen dar los actuarios de nuestros modernos tribunales de justicia cuando les preguntas algo: “No me joda, ese no es problema mío”. De hecho, se les recomendó que fueran a reclamar ante la comisión bilateral Chile-EEUU, establecida como parte del tratado de libre comercio que firmamos con Washington, D.C. (ese que Lagos puso en peligro cuando se las dio de estadista mundial e hizo un amague de oponerse a la invasión de Irak, pero esa es otra historia. Todavía no entiendo qué ganamos al firmar ese TLC. Tal vez hubiese sido bueno que nuestro Francoise Midterrand criollo arruinara las negociaciones).
Cuando nuestra segunda mayor industria exportadora (después del cobre) es pasada a llevar en los mercados internacionales, los empresarios quieren declarar estado de emergencia. Esperan que nadie se acuerde que el tratado que ahora los perjudica es el mismo que hace unos años alentaban con pompones y coreografías, cantando: “¡dame una ‘T’ (pero no de cobre)!, ¡dame una ‘L’!, ¡dame una ‘C’!”.
Lo más irónico es que se trata justamente del tipo de acuerdos internacionales que más les gustan, no como esos "otros" tratados - innecesarios, por cierto - que llaman a respetar el derecho de sus empleados a sindicalizarse y negociar colectivamente. Esos acuerdos sí que no valen y hay que firmarlos con una mano mientras que con la otra cruzas los dedos y todos se hacen caras de “sóplame este ojo, sindicato querían los h…ones”.

En estos días en que se habla de un proyecto de ley para reformar la negociación colectiva en Chile, surgen nuevamente las voces que dicen que “ahora no es el momento”. La excusa es que estamos viviendo una crisis económica (que parte de la premisa equivocada que fortalecer los sindicatos agrava el problema), pero en otros años la razón puede ser que estamos creciendo y no es necesario fomentar un clima de incertidumbre para las inversiones, o bien que, “sí, es buena idea pero por qué no la dejamos para más adelante”. En definitiva, lo único que se mantiene constante es la postura de seguir aplazando una reforma necesaria.
Este argumento suele ir de la mano de la idea que los sindicatos son obsoletos y ya no juegan rol alguno en las economías modernas. Lo curioso es que justamente en estos días se aviva el debate en E.E.U.U. acerca de una ley que pretende fortalecer a las organizaciones sindicales, facilitando los métodos de organización de trabajadores y subiendo las penas a compañías como Wal-Mart, especialistas en despedir empleados que expresan su deseo de sindicalizarse.
Hace dos días, el senador por Pensilvania, Arlen Specter, renunció al partido Republicano y se pasó al Demócrata. Con ello, el partido de gobierno consigue los 60 votos que necesita en el Senado para aprobar cualquier ley sin necesidad de negociar con la oposición. ¿Cuál fue la primera pregunta que los medios le hicieron a Specter tras dar la noticia? Precisamente si apoyaría la ley de sindicalización, iniciativa apoyada por Obama, Biden y muchos más.
Y es que la realidad desmiente cualquier lloriqueo gremial. El año pasado, con crisis y todo, 420 mil trabajadores estadounidenses (120 mil de ellos de origen hispano), se unieron a un sindicato. Se trata del crecimiento más grande experimentado por el movimiento sindical de E.E.U.U. en 25 años.

En Chilistán, por el contrario, los ayatolas siguen viendo a los sindicatos como una amenaza de los infieles al status quo. No entiendo por qué.
Todavía me acuerdo cómo tras el triunfo de Obama, apareció una camada de políticos giles de todos los espectros diciendo cosas como “yo soy el Obama chileno” o “nuestro partido también representa ese deseo de cambio que encarnó Obama”. No sé si al formular esas declaraciones se referían a que ellos, al igual que Obama, tienen una página en Facebook o que, al igual que el simpático candidato de minoría, ellos también están incorporando a “lolos” a sus comandos de campaña (los “lolos”, por cierto, tienen que haber estudiado en una de las exclusivas madrasas católicas de Santiago. El deseo de inclusión tampoco llega a tanto).
La cosa es que en Chile hay muy poco deseo de cambio genuino y eso es más notorio que nunca cuando se habla de permitir a los trabajadores formar un sindicato. En fin, feliz Día del Trabajo.